Victoria

Vino bajo el signo de Tauro y se ha ido, noventa y cinco años después, bajo el de Piscis. Un día de cielo azul, como sus ojos.

Podría ser el inicio de un relato, pero no, Victoria, mi abuela se ha consumido como una vela, alguna ráfaga la avivaba como en los viejos tiempos, no tan lejanos. Se ha terminado, se sabía desde su nacimiento que este momento llegaría y casi un siglo después el presagio se confirma.

Toda una vida llena de vicisitudes alegría dolor  ilusión decepción placer llanto risa batalla quietud aquí allá y mucho, mucho tiempo. Tan sólo una vida.

Casi toda su existencia caminando junto a Ramón, y en ese transito muchas cosas, hijos hijas nietos nietas biznietos biznietas muerte república una guerra perdida cárcel acompañamiento dictadura democracia política idealismo pragmatismo consejos y batalla, mucha batalla, carácter e inconformismo.

Muchas horas de conversaciones, siempre bajo un escrupuloso respeto, hemos tenido, encuentros y desencuentros, cariño, consejos, de todo he aprendido y aún me quedo con la sensación de no haber aprovechado el tiempo. Estos diálogos se van a quedar entre nosotros, pero existen recuerdos indelebles.

Recuerdos nítidos de tiempos en los que aún estaba en la infancia me asaltan en estas horas, los días de lluvia cuando me llevabas a caballito para no mojarme los pies y que no me tocaran los sapitos que salían tras el aguacero; el huevo frito que tu sólo me has hecho igual; el viaje en seiscientos desde Aliaga a Teruel cantando y enumerando los pueblos que atravesábamos; La forma en la que me cubrías con la manta a la hora de dormir en las frescas noches de verano; las visitas al huerto y al corral,  y en este último la manera en la que introducías la mano en la cloaca de alguna gallina y adivinabas si habría puesta o no; Jesusito de mi vida y de mi corazón… me cantabas y no entendía cómo desde tu agnosticismo lo hacías; el baño de manzanilla en el ojo picado por una avispa; los días en los que se hacía el jabón de tajo, un olor que me sigue atrayendo;  las tardes cuando sonaba la sirena e íbamos a por el abuelo a la puerta de la central eléctrica; los paseos con Sol y las visitas a Zar en la Cañadilla, ese setter negro que sentía predilección por los uniformes; jornadas de pesca y merienda en el pantano, de cangrejos en Aguilar… Son tantos los que se agolpan en la cabeza y siento que es el momento de parar.

Muchas gracias por todo abuela, te quiero.

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