Casualidad y rutina

Seguimos rutinas y cada vez que salimos de ellas nos sentimos extraños, inseguros, hasta en los hechos más insignificantes.

Las salidas matutinas con Izarbe no son la excepción, si bien con variaciones periódicas que hacen de los hábitos algo más llevadero. En ocasiones y en función del tiempo tomas una dirección u otra, siempre buscando lo benigno del día.

El primero de agosto, en Zaragoza y casi treinta grados a las once de la mañana, la búsqueda de sombra nos ha llevado por una calle que rara vez transitamos y allí todo lo sucedido ha dejado un recuerdo indeleble, al principio de ansiedad y posteriormente, una vez digerido, una sensación agradable, que da cierto sentido a la vida, reconfortante.

Han confluido tres aspectos en un mismo instante que han configurado el desenlace, feliz en este caso, uno es el ya mencionado de Izarbe, Cristina y yo, otro es un camión de recogida de residuos urbanos, y por último una mano que emerge de un contenedor.

En el momento que pasaba junto al contenedor, el camión de recogida automática era maniobrado con destreza y se disponía a verter en contenido en él cuando una mano sale enérgicamente del mismo, en ese momento dirijo la mirada hacia Izarbe y Cristina y les apremio para que se detengan o pasen deprisa, pasa por mi imaginación una estampida desde el contenedor con salida de desperdicios de plástico y envases además de una figura humana que, y esa es mi primera impresión, puede caer sobre la pequeña. Pasado ese instante de nervios la maniobra del conductor se detiene, el proceso de enganche entre el vehículo y contenedor ha fallado, y me dispongo a ayudar a la persona que está dentro a salir del trance, pero repentinamente la operación se repite, esta vez sin error y el contenedor se eleva por encima de mi cabeza; la lucha por salir no da el resultado esperado y ya solo se oyen gritos, en ese momento salgo disparado hacia la cabina e intento avisar al operario que manipula absorto un sistema más parecido a un videojuego que a otra cosa, ajeno al bullicio exterior. No se como, los recuerdos son difusos, me hago entender, el chofer  detiene la maniobra, baja del camión y vamos hacia el contenedor y tras una pequeña disputa con los remaches la persona que habitaba transitoriamente en cubículo está fuera, sana y salva, a salvo porque si hubiera caído al camión una prensa hubiera actuado sin compasión sobre él, poniendo en riesgo su integridad física. Estos sistemas de recogida de residuos nada saben de los hábitos de las personas.

Un detalle que me ha quedado con nitidez es que algo de su propiedad fue lo primero en salir, unas chanclas abiertas por detrás y de color marrón claro.

El episodio acaba con un cruce de miradas, una reprimenda por parte del conductor, un saludo con la mano, un leve movimiento lateral de cabeza por mi parte a la vez que devolvía el saludo y por último un movimiento con la mano cerrada y el pulgar hacia arriba como despedida por parte de él seguido de un gesto de asentimiento por mi parte.

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