Inicio de vacaciones en tren

No ha sido vagancia el motivo por el cual no hay entradas en los dos últimos meses, un estado anímico que se podría resumir en cabreo, estupefacción, incredulidad y escepticismo ante la realidad social que nos rodea es la causa de esta larga ausencia. Sigo atónito el decurso de los acontecimientos y no paro de sorprenderme ante hechos como que en según que diccionarios ha dejado de existir la palabra crisis, a pesar que el barril de petroleo baja no ocurre igual con los precios del combustible,  la culpa de todo siempre la tiene el gobierno de turno, sostenibilidad se convierte en adaptar mediante la tecnología las condiciones geográficas en nuestros intereses y no a la inversa (resumo y omito el azud, pongo un barco en un río y transformo este último para poder navegar, cuando lo más lógico sería con la tecnología actual modificar el barco y adaptarlo a las condiciones del cauce; esto sucede con motivo de la Exposición de Agua y Desarrollo Sostenible de Zaragoza, lema que después de algunas actuaciones debería ser agua y desarrollo sin más), una mala gestión de un empresario abre el debate de si se le tiene que ayudar o no (a mí no me ocurre eso), no se debe mezclar deporte y política, menos opinar (y menos en Pekín), aunque a la foto se suman (se sumarán) pronto los próceres… Seguiría pero me aburre profundamente.

Quizás el descanso, activo gracias a mi hija Izarbe, que se avecina me ha animado a trasladar el trayecto en tren que realicé ayer entre Zaragoza y San Viçent de Calders.

Sabido era que serían aproximadamente cuatro horas en un tren de media distancia, incomodo y con cierta propensión a llegar a destino con retraso, por lo que como acostumbro en estos casos un libro iba a ser mi compañero de viaje, en este caso concreto se deslizo a la mochila Conocimiento del infierno de Antonio Lobo Antunes. Nada ha sido según lo previsto.

Una vez en el andén y con intención de encontrar una plaza, los billetes van sin numerar, que facilitara mis planes de lectura, me encamino hacia un lugar que en ese momento se me antoja el idóneo, un vagón con veintidós plazas y una zona reservada para discapacitados en silla de ruedas.

Algo que me gusta hacer es visualizar a los viajeros e imaginar como son y esta no iba a ser la excepción: dos abuelos, sin relación entre ellos, de unos setenta años de algún pueblo cercano (en este caso no me he equivocado, ambos bajan antes de Caspe), un joven de unos treintaicinco años que viaja con poco equipaje, mirada altanera, prepotente y pinta de chulo (se baja en el mismo destino que el mío y me parece que mi impresión es errónea), una chica adolescente tecnológicamente a la última y sobrada (creo haber acertado, último móvil, mp4, mirada inquisitiva con los ojos entornados, bajo una gafas de marca cara) y una madre con un bebe de pocos meses y un crío de unos doce o catorce años que viajan juntos, madre primeriza insegura (y quién no es inseguro) y todo ternura que es acompañada por un familiar cercano (los momentos de cariño con el bebe han surtido un efecto balsámico en mí, acierto, no sabré la relación con el adolescente). Estas personas van a ser el pequeño universo de cuatro horas, exceptuando el trajín de gentes que se produce en Reus y Tarragona: una chica cansada de la jornada laboral y con cara de pocos amigos y ganas de pasar inadvertida y que no la molesten y que quiere dormir, un hombre de mediana edad que aprovecha el trayecto para seguir trabajando en el portátil, un chino, un magrebí, una pareja de novios que va a visitar Barcelona y aprovechan el viaje para darse arrumacos y compartir lecturas, una chica que va a tomar un vuelo, una oriental, un matrimonio de jubilados alemanes de vacaciones en la costa Daurada, un latino con gafas oscuras y corte de pelo indecible y una vorágine de piernas y troncos pasando que ya no recuerdo.

Salimos de Zaragoza y sin saber cómo el libro permanece en la mochila y me dedico a observar a mis compañeros de viaje y lanzar largas miradas a través de la ventana empapándome del paisaje: el Ebro y sus orillas verdes y sus huertas, el duro secarral de la estepa y sus pueblos, el cielo de un azul blanco que daña la vista, más Ebro, túneles, presas, pueblos, túneles, Ebro lento,  giro y paisaje abrupto rodeado de pinos y viñas, túnel y descenso y el mar azul difuminándose en el horizonte con el cielo, Reus modernista , industrias petrolíferas, Tarragona imperial, mar, costa, mar, urbanizaciones, mar, turismo, andenes, fin.

Salgo de Zaragoza con más de treinta grados y llego a S. Viçent con una temperatura similar pero con una humedad relativa que me hace sudar nada más poner los pies en tierra firme, aquí me esperan Cristina e Izarbe. El viaje ha durado cuatro horas y seis minutos.

Una vez en casa abro la mochila y no está, ha desaparecido.

Hoy lo tengo entre mis manos y espero disfrutarlo.

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